Boca demostró que no depende de un solo hombre

Leandro Paredes Boca Juniors

Leandro Paredes Boca Juniors

Ganó 7-1. Goleó, gustó y clasificó a cuartos de la Copa Argentina. Pero lo que de verdad importa para el hincha no está en el marcador: Boca jugó sin Paredes, su líder y emblema, y no se notó. Ni en la conducción del equipo ni en la producción de fútbol. Esa es la noticia real de Defensores del Chaco.

Porque la duda estaba instalada antes del pitazo inicial: ¿cómo responde este plantel cuando falta el que maneja los tiempos, el que ordena, el que mete el pase filtrado en el momento justo? La respuesta llegó rápido y fue contundente. Delgado se puso el buzo de conductor —y hasta se dio el lujo de asistir a Merentiel como si fuera Leandro—, y Aranda volvió a mostrar esa firmeza que lo hace aparentar cinco años más de los que tiene. Hay fútbol más allá de Paredes. Ahora habrá que confirmarlo contra un rival que no sea, como Recoleta Foot Ball Club, prácticamente un equipo amateur sin hinchada propia jugando de local en la sucursal paraguaya de la Bombonera.

El nombre propio de la noche: Ascacíbar

Si hay que elegir una figura, es él. El Ruso convirtió su quinto gol en seis partidos y ya no hay margen para la sorpresa: es el mediocampista del momento, con nivel de Selección, y lo viene ratificando fecha a fecha. No son goles decorativos —son los que abren el partido o los que empatan cuando el equipo lo necesita, los que más cuestan. En las noches en que los delanteros se secan, el Ruso apareció más de una vez para salvar a Boca. Y no es casual: cuando no pudo gritar el suyo, terminó asistiendo a Merentiel.

El resto de la síntesis también invita al optimismo. Villa firmó, quizás, su mejor partido desde que volvió: gol y dos asistencias. Merentiel metió otro más, confirmando que dejó atrás la sequía, con esa marca registrada de tomarse un segundo de más para definir con clase. Y Velasco anotó un golazo que reaviva la ilusión de siempre: la de que este sea, por fin, el partido del despegue.

Arruabarrena, con la cabeza en lo que viene

El Vasco leyó bien el contexto. Cuidó a Di Lollo y a Flores, ambos al límite de minutos, y usó los cambios pensando en el calendario que se viene, no solo en el partido de esa noche. Sacó a Aranda, a Delgado, después a Merentiel y al Ruso, y casi todas las variantes le salieron bien. Hasta el debut de Jagger Herrera dejó señales positivas, con un par de cierres importantes, más allá de alguna imprecisión con la pelota.

La preocupación que no se puede esconder

Ahora la parte que no admite discusión: Enner Valencia está mal. Muy mal. Sabíamos que llegaba con lo justo, pero lo que mostró en cancha fue otra cosa: no le faltó una marcha, le faltaron diez. Tan evidente fue su bajón que, con una pelota servida para el 8-1 en el último minuto, la tocó para un compañero antes que definir él mismo, más por falta de confianza que por generosidad futbolera. Con los problemas físicos que arrastra Bareiro —más serios de lo que se dice puertas afuera—, reforzar el ataque dejó de ser un capricho: es una urgencia.

Lo que se viene

Ahora hay cinco días para laburar tranquilos, con la clasificación a cuartos ya en el bolsillo. Y sí, ya empieza a asomar la fantasía: una semifinal contra River le daría a Arruabarrena la chance de la revancha, doce años después. Pero hay que tener los pies sobre la tierra. Se ganó, se gustó y se goleó, pero fue ante un rival semiamateur, sin hinchada, jugando de local en lo que terminó siendo una sucursal más de la Bombonera.

Lo urgente pasa por otro lado: no descuidar el torneo local, trepar en la tabla y, sobre todo, quedarse con el clásico ante Racing. Esos partidos siempre pesan más de lo que parece, más allá del momento de cada rival, y suelen marcar tendencia. Con la satisfacción del deber cumplido en Paraguay, ahora la cabeza tiene que estar puesta ahí.

Oscar Rosciano