Leonel Flores: la historia del pibe de La Cava
Foto: Olé
En el micro camino al debut, se le caían las lágrimas. No podía creerlo. Leonel Flores, el pibe que desde los seis años se pone la camiseta de Boca y que hoy es la nueva figura del equipo de Rodolfo Arruabarrena, no llegó por casualidad ni por suerte. Llegó porque siempre supo adónde quería ir y nunca dejó de pelear por ese lugar.
La historia arranca lejos de La Bombonera. Flores es de La Cava, el barrio popular de Beccar, en el partido de San Isidro. Sus primeros pasos con una pelota los dio en General Pacheco, en el club El Zorzal, entre canchas de baldosa y de tierra. Tenía apenas cinco años cuando su primer entrenador, Cristian Benítez, lo vio por primera vez. «Cuando lo vi, era una cosa de locos», recuerda Benítez, quien además revela un detalle sorprendente: en su familia y en El Zorzal nunca lo llamaron Leo. «Lo único para mí es Benja, no es Leo. Siempre lo llamé Benja, los padres también. Se llama Leonel Benjamín. Y era Benja para todos. Toda la vida». En Boca, desde el primer día, quedó como Leo.
Y ya en esos primeros años en El Zorzal aparecía la esencia que hoy sus entrenadores reconocen en Primera: con cinco años hacía chilenas al arco con los laterales que le tiraba el hijo de Benítez. «No chilena a cualquier lado: todas al arco», cuenta su primer DT. Después de El Zorzal también pasó por Ballester Centro y por Barrufaldi, donde coincidió con Tomás Aranda y se consagraron campeones. En 2013, con seis años, se probó en la vieja cancha sintética de Casa Amarilla. Los captadores de ese momento —Diego Mazzilli, Horacio García, Hugo Perrotti y el Muñeco Madurga— no dudaron en ficharlo. «Pedía siempre la pelota y siempre encaraba para adelante. Totalmente desequilibrante en el uno contra uno», recuerdan. El Mono Perrotti, que lo vio con seis años, lo describe hoy igual: «Atrevido, valiente. Tiene algo de encarar todas. Domina los dos perfiles, guapo, tiene todo».
El salto desde las inferiores a Reserva fue rápido y lo tomó por sorpresa. «Había terminado el campeonato con Séptima, que fuimos campeones, y ya estábamos en Reserva. No me lo esperaba. Estaba en mi casa acostado y me mandó un mensaje el profe. Lo celebramos mucho», contó. Entre sus ídolos aparecen Lionel Messi y Juan Román Riquelme —con quien mantuvo alguna charla en el predio—, pero cuando habla de referentes para aprender el oficio nombra al Chango Zeballos, a Doku y a Musiala. «La verdad que yo miraba mucho cuando él estaba acá jugando. Y ahora en los entrenamientos también. Me gusta mucho cómo juega», dijo sobre Zeballos tras la victoria 3-1 ante Recoleta por la Copa Sudamericana. Flores se define como delantero que puede jugar de 7, 9 y 11, con la gambeta como principal virtud.
El debut tuvo una carga emocional enorme. «Miro para atrás. Cuando llegué era chico, tenía cinco años. Ya el día que debuté iba en el micro y se me iban cayendo las lágrimas porque no lo podía creer», confesó. No era solo su sueño: era también el de su familia, que durante años hizo el esfuerzo económico para que pudiera entrenarse en Boca. «Siempre fue cuestión de tiempo. Yo sabía que venía haciendo las cosas bien. Estaba convencido. Y se me dio», resumió. Y aunque ya llegó a Primera, Flores tiene claro que no llegó a ninguna meta definitiva. Lo dijo él mismo cuando era un pibe de Novena, en 2021, y la frase sigue vigente: «Si un día viene otro, me puede sacar el puesto. Tengo que dar el doble».
La historia de Flores es la de un jugador formado de adentro hacia afuera, en el sentido más literal: desde las canchas de tierra de Pacheco hasta el primer equipo xeneize, sin saltear ningún escalón. En Boca hay una larga tradición de pibes de las inferiores que irrumpen con hambre y se ganan un lugar a pura gambeta —Zeballos fue uno de ellos—, y Flores parece seguir ese camino. Lo que lo diferencia es esa convicción casi desconcertante que tuvo desde los cinco años: pedir la pelota, encarar y animarse. Si el Vasco Arruabarrena le sigue dando minutos y él responde como lo viene haciendo, La Bombonera podría tener una nueva figura propia para enamorarse.
Fuente: Olé (ole.com.ar)