Boca: goleada, empate y penales, sin resetear

Rodolfo Arruabarrena, director técnico de Boca Juniors, durante un partido del equipo azul y oro

Foto: Olé

La tregua del Mundial duró exactamente lo que duró el Mundial. Cuarenta y cinco días en los que la Selección ganaba con épica en Estados Unidos y Boca aprovechó para renovar su conducción técnica con Rodolfo «El Vasco» Arruabarrena y sumar a Villa como refuerzo. Parecía un reinicio. Pero el fútbol argentino no perdona y los problemas de fondo volvieron a la superficie casi de inmediato, como si esas semanas de pausa no hubieran existido.

El Xeneize se atragantó con una goleada histórica ante Riestra —uno de los resultados más dolorosos de los últimos tiempos para el hincha azul y oro— y luego igualó con Newell’s en Rosario. En la Copa Sudamericana, el pasaje ante O’Higgins de Chile llegó recién en los penales, con más sufrimiento que festejo. Juan Román Riquelme no tardó en marcar el termómetro: puntualizó públicamente que no le pueden hacer un gol de lateral al equipo. Una frase que dice mucho sobre el nivel de exigencia interna, pero también sobre la preocupación real que existe en la dirigencia.

La columna de opinión de Diego Macias en Olé lo resume con claridad: Boca «continúa en la medianía pobre con la que se había despedido» la gestión anterior. El diagnóstico es duro, pero honesto. Arruabarrena tiene el desafío de revertir una inercia negativa que no es solo suya —viene de antes— pero que ahora lleva su firma. El refuerzo de Villa suma jerarquía, aunque todavía no alcanzó para cambiar la cara del equipo.

Desde la tribuna, la impaciencia crece. Es comprensible: Boca es Boca, y la medianía nunca es aceptable en La Bombonera. Pero como señala el análisis de Olé, la solución no pasa por el «que se vayan todos». Arruabarrena y la Comisión Directiva encabezada por Riquelme son los que deben quedarse y resolver lo que no funciona. El camino es largo, pero el tiempo en el fútbol argentino nunca sobra.

Lo que preocupa más allá del resultado puntual es la continuidad de los mismos síntomas: fragilidad defensiva, falta de contundencia y un equipo que todavía no encontró su identidad bajo el nuevo cuerpo técnico. En la historia reciente de Boca, los procesos de reconstrucción suelen necesitar paciencia, pero también señales claras de progreso. Por ahora, esas señales escasean, y el calendario —con Copa Sudamericana y torneo local exigiendo— no da margen para esperar demasiado.

Fuente: Olé (ole.com.ar), columna de Diego Macias.